Larissa fue una ilusión pa(sa)jera

22 Jul

Ví a Papacho en la esquina del barrio y le solté: Larissa va a recibir a la tegen en el Plaza Norte, loco. La novia del mundial, murmuró emocionadísimo, ¡esa mamacita está pa´ cualquier cosa!, y se sobó las manos, se pasó la lengua por la boca reseca, se mordió los labios como si se tratara de un anticucho jugoso. A su lado, Cucho estuvo de acuerdo, con ojos chinos, como si leyera la letra chica de un contrato, la boca arrugada en un beso imposible. Y yo, claro, Lariiiissaaaaa, soñé despierto por unos instantes, acompañando a mis amigos.

¿Cómo hacemos para verla de cerca?, los piqué. El que mira al cielo y pide poco es un loco, aseguré con el dedo índice erecto y aire de sabio, pero ignorando olímpicamente que somos una tanda de misios que ni a una cuadra de Larissa llegaríamos. Pa´ eso hay que tener billete, ¿no?, regresé del país de Morfeo, suspiré.

Cucho se sentó en el sardinel en pose de Vallejo pensando me moriré en Larissa con aguacero o sin él pero me moriré sin llegar ni siquiera a oler su pelo. Papacho se chupaba un diente, de los pocos que le quedan aun, con los brazos cruzados y los labios apretados. Yo, metí las manos a los bolsillos, por el frío, claro, y empecé a desarrollar un plan imaginario: íbamos al hotel en que está alojada, con flores por supuesto, disfrazados de delivery boys. Cucho no entiende, despachadores, pues, presta atención, Cucho. Y Papacho, siempre atento, nos bajó de la nube a la que habíamos trepado sin escalera al cielo ni nave espacial: ¿Tienes plata pa´ las flores, oe? No tenemos, me resigné, pero recordé que con unas chapitas de la chela auspiciadora te ganas con el cuerazo ese, de cerquita, al alcance de la mano, te firma un autógrafo y todo. ¡Qué buena idea!, Cucho saltó de su posición de pensador, rebotaba en su sitio como el Chavo, pateaba el suelo, y sí, sí, sí, esa es la solución, ahí estaba la cosa. Papacho rió, sacó una billetera sucia y flaca, la abrió y encontró un billete de diez soles: ¿esa chela no sale a cuatro por diez soles? Yo rebusqué en mis pantalones, solo tenía una moneda de cinco: ¿Me darán dos chelas? Cucho nos animó, claro, el Temi te da al crédito, le dejas tu DNI y ya. ¿Y tú, Cucho, nada de billete? Bajó la mirada, no, no tenía. Pero eso no importaba, ¿éramos amigos o no? Vamos a Temi de una vez.

Ya nos habíamos bajado una docena, y la ilusión bautizada Larissa crecía con cada chapa que poníamos en el montoncito. ¿No eran solo dos chapas por cabeza?, recordé. Sí, Papacho se tambaleaba con el vaso chorreando cerveza. ¡Oe!, lo agarró del brazo Cucho, ¡no desperdicies la chela! Ya, tenía razón, más ecuanimidad. Con esas doce chapitas, ¿podríamos verla seis veces, tres cada uno? Cucho dudaba que la cosa funcionara así. Papacho se dio media vuelta y salió por la puerta de la bodega de Temi. Regresó a los pocos instantes, subiéndose el cierre de la bragueta: Ya, ahora hay más espacio en la vejiga, se frotó las manos, pide más, oe Cucho. Entramos entonces en un silencio palpable, esos que preceden a las grandes decisiones y las grandes metidas de pata, esas que, después de un tiempo, la historia pone en su real dimensión y nos hace sentir como unos cojudos. Con gran parsimonia, Papacho sacó su billetera, la abrió como si la quisiera destrozarla, metió los dedos por una división vacía, luego por otra, finalmente por una tercera. Se detuvo sosteniendo la billetera con sus dedos en ella el alto, sonrió: ¡A la mierda la Larissa, compadre!, en sus dedos flameaba un billete de veinte soles.

La noche nos agarró aún soñando despiertos. Los veinte soles quedaron chicos. Temi nos dio crédito, y nos regalo un poster de Larissa: Los veo muy tristes por no poder ir a verla, nos dijo al entregarnos el pírrico trofeo. Papacho se agachó apoyándose en la pared, cogió las chapas que alcanzaron en su temblorosa mano, las levantó y las lanzó al aire: Para la próxima será, Larissa, masculló. ¡Temi!, ¿tenemos crédito todavía?

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